El nuevo pegamento Saramago mantiene los frescos de Miguel Angel bien pegados de los dedos a la resbaladiza Sixtina.Ejemplos funestos y de revelaciones decepcionantes, de eso se ocupó Jorge Luis Borges describiendo las destacadas reacciones de los premiados bajo el común denominador de la apatía, exceptuando Ernest Hemingway, quien festejó a puro brindis, naturalmente. Jean-Paul Sartre salió enseguida casi a quejarse del anuncio del Nobel, aduciendo que la academia sueca no era quién para juzgar su obra, y después de rechazarlo argumentando razones ideológicas, telefoneó a los miembros de la academia preguntando si había alguna manera de embolsar el palo verde discrecionalmente. Y le colgaron. Lo mismo debió haber hecho Victoria Ocampo, ya que las dos paginitas que el patriarca del matrimonio libre (entiéndase un buen cornudo casado con una lesbiana) se dignó a redactar para beneficio de los pobres de espíritu de un país del que en materia de literatura no tenía sino que aprender, dejaron a la revista Sur, en palabras de la misma Ocampo, "sin un cobre partido al medio".
Cada tanto es bueno encajarle el galardón a algún izquierdista, con o sin mérito, ahora no voy a ser tan injusto defenestrando a Saramago sólo porque no pude pasar de las cuatro páginas de su Ensayo sobre la ceguera. A José Saramago últimamente le están dando desde los cuatro costados, vientos y puntos cardinales, una sinergia de conservadurismo (zurdo y diestro) iglesia católica, comunidad judía (despreciativamente), un eurodiputado socialdemócrata, Mario David, avergonzado de ser compatriota de Saramago, la sociedad portuguesa que ha manifestado en su contra en Penafiel (donde se presentó su último libro), su colega Miguel Sousa Tavares y sigue la lista de los indignados; acaso debiéramos esperar la aparición de Robin Hood con el nombre de Saramago en una flecha.
Nuevamente, en rigor de justicia por la que es menester pegar a unos y otros y en ocasiones ahorrar aliento, concedo el crédito, aunque modesto, a un catófobo matacuras comunoide por una incorrección tan grande y ecua que podría hacerle renunciar a la nacionalidad portuguesa y, quién sabe, ¿confiscarle el Nobel?
José Saramago acaba de publicar un libro donde la emprende contra la máxima divinidad judeocristiana (tendremos que seguir esperando la gran novela gran contra Brahma, Shiva y Visnu) titulada caín, sí, con minúscula (de modo que no se salva ni el monte "ararat"), citando así todos los nombres de personajes y locaciones bíblicos involucrados en una novelita de 55$ y extrapolando y revisando a su antojo y capricho pasajes del Viejo Testamento, antiquísimo juego destinado a nunca cansar.
Entonces el teólogo José Tolentino de Mendonça lo fue a visitar a su casa a explicarle franciscanamente lo elemental, que el Génesis es una reflexión sobre la condición humana, reflexiones sobre la vida, cosas que nosotros paganos y mortales entendimos ya en el catequismo de nuestras infancias -bueno, no todas, en la de Saramago no.
No veo por qué tomarse esas molestias. Evidentemente ningún iluminado le hizo notar a Saramago que su caín no ofrece nada nuevo a un argumento agotado, que de la reivindicación del íntegro Caín en contraposición al alcahuete Abel ya se han ocupado con mejor arte Hermann Hesse en Demian y Charles Baudelaire en el poema Abel y Caín, por no hablar de su vecino ibérico Miguel de Unamuno en Abel Sánchez, el otro Nobel John Steinbeck en Al este del Edén y Ernesto Sabato en el Informe sobre ciegos; éstos a su turno lo tomaron de la secta de los cainistas y de trataditos gnósticos antiguos dos milenios. ¿Nadie le ha recordado las blasfemias poéticas de Rimbaud y Nietszche y medio centenar de autores más? ¿Y el etéreo Diario de Adán y Eva de Mark Twain, otro Nobel en Literatura?
¿No probaron a acusarlo de plagio también?
La Biblia, según él, es una "manual de malas costumbres que habría que esconder a los niños" es algo que el Evangelio se encarga de señalar desde dos mil años a esta parte, quizás le convendría echarle un vistazo, así, por picardía o descuido nomás; que los judíos son quejosos, derrotistas y hablan demasiado es el material con que el finado Norman Erlich y varios humoristas judíos nos han divertido y divierten con admirable autoironía, Mel Brooks ha parodiado a Moisés y los Quince Mandamientos de los que cinco contenían reglas para el pueblo judío y se perdieron al caérsele una tabla bajando de la montaña; quien sea que haya frecuentado (y quien sea que no) una clase de religión católica se halla en condiciones de lanzar un par de parrafitos sobre el frustrado sacrificio del hijo de Abraham, Isaac, y calificarlo de joda de pésimo gusto; acerca del Diluvio Universal nos preguntamos todavía, cinco o seis mil años después, qué cazzo esperan los de arriba para mandarnos otra agua por el estilo a barrer tanta iniquidad, y se lo pregunta hasta el último beduino pederasta que trafica opiáceos afganos a lo largo y ancho del Sahara; respecto a la caída de Sodoma y Gomorra y a los niños inocentes que -siempre según Saramago, que claramente estuvo allí y los vio sucumbir bajo una lluvia de relámpagos, lava, fuego y diarrea (y sin paraguas que es peor)- existe una muy graciosa película protagonizada por Anouk Aimée y Stewart Granger para nada condescendiente con el pueblo judío. Personalmente me atrevería a agregar que David fue desleal al derrotar a Goliat pues no peleó desarmado y la balística en una riña a manos desnudas no es propia de caballeros.
En una entrevista concedida a Clarín via correo electrónico, Saramago se despacha con declaraciones que no amenazan sacudir los cimientos de nuestros credos ni echar resplandores sobre nosotros misérrimos que deambulamos sin cesar en las tinieblas del engaño:
"Mi intención ha sido denunciar el absurdo de la "existencia" de un dios que los hombres han inventado y al que inmediatamente se han esclavizado. Siendo los hombres lo que son, el ese dios sólo podía ser lo que es: cruel, rencoroso, en suma, malo".
"Con Caín no habrá otra oportunidad (la desaparición de la humanidad). Si se trata de una victoria pírrica o no, no es cosa mía. En realidad, pienso que no nos merecemos la vida".
"A mí me bastará introducir algún desasosiego en la cabeza de mis lectores".
Sí, exacto, no se puede culpar a Saramago de faltar a la verdad. Debiera saber que justamente porque nadie en el mundo, analfabeta o docto, necesitó nunca ni necesita que le introduzcan ulteriores desasosiegos es que que nos merecemos esta vida, lo cual exime a Saramago de la obligación de publicarlos.
Sin pedantería, quisiera apuntar que agnóstico significa, literalmente, desconocedor.








